La última frontera de Henry Miller

(debo este título, si mal no recuerdo, al bullying de mis compañeros de universidad Emilkar Torres y Tomás Ortiz, quienes se burlaban de mi gorro de arco iris  y mi obsesión de aquel entonces con Henry Miller, y preguntaban, al verme con el gorro: ¿ya trascendiste la última frontera de Henry Miller?)… Bueno, aunque todavía (uno nunca sabe…) no soy homosexual, creo que en otro sentido sí estoy en una activa búsqueda de esa trasendencia afectiva que él tanto buscaba. Aunque he mejorado mi gusto en el vestir…. Ahí tienen, perros. Se les quiere)

Para no desentonar, epígrafe de Henry Miller, subrayado por el monstruo más bello que conozco, en mi copia de El mundo del sexo (traducción libre hecha por mí)… y dedicado, por supuesto, a ella.

“Aún si él está destinado a no verla más, es libre de pensar en ella, hablarle en sueños, amarla, amarla desde la distancia, amarla por siempre y por siempre. Nadie le puede negar eso. Nadie”.

Epígrafe 2: Letra original de Juan Carlos (el nigga’, guácala, qué seba) Urrea, próximo a publicar dos trabajos musicales excelsos, uno como solista, otro con su banda Río Abajo:

“el pollo miserias
es enamoradizo
escribe poemas
su inspiración es infinita” (cántese con la melodía de Muchacha Triste, de los Fantasmas del Caribe)

el negro infeliz me la cantaba en la época en que trabamos amistad, y en la que me “enamoraba” perdidamente de cualquier mujer que cruzaba mi camino… casi. Algo de contexto… o sea, una especie de pre-texto. Ya con el morbo alborotado, de pronto les da más ganas de leer.

Diario de Iocularis Abnomen, 9 de enero de 2017

Es tristemente bello tener que pensarse tan en serio los amores de lejos en esta época globalizada, esquizofrénica, inmediata e inmediatista que vivimos. No son muy diferentes del ejercicio que hacemos al contemplar obras de arte. Ray Bradbury lo pone en términos de buscar almas gemelas, y no pocas veces las hallamos: Todos los que amamos el arte tenemos nuestros artistas favoritos. Y también muchos de nosotros pensamos “esa persona hubiese sido el amor (uno de los amores…) de mi vida… si no hubiese muerto dos siglos antes de mi nacimiento”. Queda, eso sí, el melancólico sinsabor de no haber podido nunca tomar un café con esa persona, caminar, conversar, mirarse a los ojos, acariciarse… Mismo sinsabor que produce la “inevitabilitud”, en palabras del sabio Cronopio —quien pronto me someterá a idéntica tortura de cariño distante—, de amar a alguien a distancia. Simplemente porque la renuncia no merece la pena. Pero además pone el cariño sentimental/de pareja en una perspectiva muy diferente que nos obliga (y por ello claudican muchos) a replantearlo: no hay posesión (sobre todo física), no hay control, no hay exclusividad del cariño. Pero sí puede haber compartir, epístolas, afecto, conversaciones, las cuales constituyen quizá la esencia perdurable del querer.

Por otro lado, si lo miramos desde una perspectiva histórica, tal vez lleguemos a conclusiones tan sorprendentes como esperanzadoras. ¿Cuántos afectos genuinos llegaba a cosechar, a lo largo de su vida, una persona del siglo 14? ¿Cuántos una persona del siglo 5 a.c.? Téngase en cuenta que la mayoría de los habitantes de la Grecia clásica, por ejemplo, no salían más que unas cuantas veces de su propia polis, por eso su territorialidad y organización política eran tan diferentes de las nuestras (valga decir que los nacionalismos, hoy, son una payasada). Un tipo, como algunos filósofos, que hacía tres viajes en su vida, era considerado un gran viajero. Piénsese no más en la dificultad que entrañaban los viajes y el tiempo que tardaban. Hoy, en cambio… En segunda instancia, siguiendo con la mirada histórica, valga recordar que el amor romántico como lo conocemos es bastante reciente… lo peor es que ya caducó, es obsoleto, cruel y miserable, pero ese será tema de otras entradas y cuentos y poemas… En todo caso, como bien lo sabe el distinguido profesor Sheldon Cooper (no me tomen a mal, sus fuentes son reales, pero hagan la tarea o búsquense a un académico… serio),  la constante histórica, desde una perspectiva amplia, ha sido el amor por conveniencia social. Lo de conveniencia social quizás no nos haga mucha gracia, pero la conveniencia solita sí valdría la pena revisarla, porque es uno de los fundamentos prácticos (en oposición a imaginarios, como las cosas en común) de un cariño: nos frecuentamos porque nos hacemos bien, así de simple; también, por ejemplo, porque tenemos proyectos en común, lo cual es mucho más concreto y tangible que un gusto… algunos gustos perduran, la mayoría cambian, luego son pilares de arena para un afecto que quiera perdurar… si es que deben hacerlo (tema de otros textos: la fantasía de eternidad en el cariño o el atajo al amor miserable… a veces pasa, vale la pena intentarlo una y  mil veces, pero todos los afectos, aún los perdurables, terminarán… si no con la distancia o el cambio de las personas, que puede llevar el cariño a morir, sí, al final, con la muerte física… es una ley natural establecida por… el budismo: todo es transitorio). Bueno, esta fue una rama tipo Big Fish, de vuelta al tronco: el amor romántico es nuevo históricamente, y así como es aberrante en casi todas sus características actuales, tiene una muy bella que vale la pena conservar: la posibilidad, más allá de la mera conveniencia, de buscar “almas gemelas”, “like-minded people” (aquí debemos caer en la peligrosa necesidad de concederle un punto al romanticismo, pero no debe ser costumbre porque lleva a las telenovelas y, de nuevo, a la miseria), incurrir en esa arbitrariedad existencial, en esa trampa contra-natura que es, de verdad, encontrar personas tan afines, que queramos seguir haciendo trampa y demos la vida por conservarlas… toda la vida. ¿Se ve la hermosa tautología? En realidad, es un triunfo retórico-etimológico: para conservar de por vida… hay que entregar la vida… y a veces, maldita sea, esperar media vida… o toda la vida (El secreto de sus ojos).

Viajando a Cali conocí a una mujer bellísima, en estricto y muy respetuoso lenguaje coloquial colombiano, con toda la intención de ser piropo bonito (por si lo lees), una mamasota, pero además inteligentísima, y a juzgar por lo poco que hasta ahora conozco, una mujer muy generosa y llena de vitalidad, de nombre Wanda, como la madrina mágica. Su edad fue un enigma fascinante buena parte del viaje, pues tiene un cuerpo precioso, pero luego de que tuvo la crueldad de someter a un politólogo a resolver una ecuación (sí, miserables Olivos y Vale Méndez, aunque no lo crean, lo logré), descubrí que tiene ¡¡¡50 años!!! Y se casó… ¡¡¡hace 6!!!, ¡¡¡a sus 44 años!!!, con un man…. ¡¡¡de 31… 13 años menor!!! (Eso me hizo sentir menos mal por ciertas torpezas recurrentes en mi loca juventud… a quién engaño, de toda mi vida… sé que el negro Urrea se reirá si lee esto). Wanda renovó mi esperanza de conocer gente maravillosa en viajes por carretera, cosa que venía suplicándole a los dioses como desde los quince años… (¡en tu cara Italo Calvino…! Los amores difíciles) y de tener relaciones de pareja significativas. Para no meterla en líos, ella es una mujer súper correcta (en términos convencionales de fidelidad) y me trató, hay que decirlo, como al hijo bobo que me siento a su lado; más que una conversación, fue una cátedra sobre práctica docente, actividad física, entrega desinteresada, y cariño genuino. La traigo a colación porque supo esperar y transgredir un montón de barreras culturales, sociales, históricas… para encontrar la persona adecuada, un hombre que, para merecerla, debe de ser un maldito genio, además, claro está, de uno de los hombres más felices de Colombia.

Ni modo… hay que esperar, Murphy infeliz, cuando muera arreglamos… Lo considero un triunfo político del mundo moderno: la libertad de querer a consciencia, no por obligación. Ahí falta todo por hacer, normalmente nos enamoramos en desorden, o nos inventamos una fantasía para poder enamorarnos (tema de otros textos), pero sí nos permite, volviendo al inicio del texto, cultivar una cantidad importante de cariños genuinos (y con suerte al menos uno perdurable, aunque no necesariamente una pareja sentimental, de hecho, es mucho más fácil con los amigos, por eso vale la pena esforzarse el triple con las parejas, ser testarudo, descarada y estúpidamente optimista). En realidad, le debemos este triunfo más a la época que al amor romántico: ¿cuántos viajes hacemos ahora en el transcurso de nuestras vidas? ¿cuántas personas conocemos? ¿en cuántos lugares diferentes tenemos la posibilidad de residir? Y con todas esas personas, si es nuestra voluntad, podemos mantener un afecto distante, mientras no haya de otra. Además, esos abrazos o besos o caricias (o las tres cosas) de la persona que se ha extrañado por años, son una oportunidad de oro para la liberación de consciencia, y si no, al menos son los momentos más felices de nuestras vidas.

Pero como dije antes, esto obliga a reinventar el amor, tarea imperiosa para todos los artistas de nuestra época…. también para los académicos, cualquier aporte es cariño, sólo no empantanen ni hagan más confuso el asunto, como dice el sabio místico, querido amigo y mentor espiritual George Recamann, KISS (Keep it simple and short – manténganlo simple y breve). Mientras tanto, seguirán empobreciendo sus vidas con sabiduría de chorizo como: “amor de lejos, amor de los 20”. ¿Y? ¿Qué “#$%& importa eso? ¿Puede alguien darse por completo a 20 personas, hacerle bien a 20 personas? Si existe, ese prostituto o prostituta es un genio, el ser humano más generoso que jamás haya existido, con una capacidad física sobrehumana, una organización del tiempo que envidiarían los japoneses, una voluptuosidad que haría avergonzar al buda Zorba y, por consiguiente, hace rato liberado de las cadenas de la miseria…

Para terminar, quería hacer la reflexión de que nuestra convulsa época es considerada por los adherentes al lema romántico de que el pasado fue siempre mejor, como una época horrible, bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla, lo cual no deja de entrañar cierta verdad. Los niveles de demencia de nuestra época y de capacidad de acceso a esa demencia, ya sea como protagonistas, observadores o ambas cosas, son históricamente inusitados, y francamente dan miedo. Es el precio de la libertad política y vale la pena pagarlo… Para el artista es el paraíso terrenal y, para el que camina un sendero espiritual, una excelente oportunidad de ejercitar diariamente la muerte: sólo hay que abrirse a sentir tan intensamente como sea posible, de modo que es fácil hasta para el artista /iniciado perezoso; muy difícil, eso sí, para el débil de voluntad o de carácter. Sea como fuere, es curioso que una época como esta, donde las aberraciones a la orden del día provocarían nauseas a Calígula y el manoseo a la vida y a la muerte sonrojarían a los científicos Nazis, sea la mejor oportunidad para amar. Nos movemos más fácil y más rápido, conocemos más gente que en cualquier otra época, nos comunicamos con una facilidad sin parangón histórico… y, si hacemos caso a los anheladores del pasado, estamos más fucked up que nunca (perdóneseme el gesto de hipsteridad, pero no hay palabra en español con igual poder de significación… quizá emocionalmente destruidos sea una aceptable traducción literal, claro está, de nulo valor poético)… en realidad, creo que siempre hemos estado igual de jodidos, lo que pasa es que la libertad y la anulación de la vida privada hacen que el estado de putrefacción de todos se ventile sin pudor alguno. Esto, a su vez, hace que el nivel de vulnerabilidad que caracteriza a los bichitos patéticos y  tristes que somos se evidencie plenamente, haciendo aún más valiosa la oportunidad de amar como nunca antes en la historia hemos amado, de reinventar el amor con preceptos claramente budistas. Adorada escéptica, ¿en qué otra época hubiese podido yo conocer a un monstruo tan bello como tú?

Agradezco a mis queridos ex-estudiantes y ahora amigos, Silvana Caipa y Federico Gaviria, sin cuya sabiduría sobre el particular no hubiese podido llegar a estas reflexiones.

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Consejo de higiene artística que Ray Bradbury no me dio

Llevar un diario. De ahí pueden salir gran cantidad de ideas para nuevas obras. Además, nos mantiene en sintonía con el principio estético que rige nuestras vidas, y nos permite observar los acontecimientos de nuestro diario vivir a diferentes velocidades, con diferentes perspectivas y diferentes niveles de retrospección, todo lo cual lo hace además un ejercicio espiritual, pues paulatinamente cultivará en nosotros una mayor capacidad de gestión de las emociones, no sólo cuando escribamos de ellas, sino, paulatinamente otra vez, en tiempo real.

 

Corolario:

El diario evita además esa horrorosa costumbre, que tiene la mayoría de las personas, de rumiar las cosas que les pasan una y otra vez, ya sea oralmente o dentro de sus cabezas, repitiendo los mismos clichés insoportables y de tan mal gusto que obtienen del bombardeo de información al que somos sometidos a diario. Esta costumbre es la que yo llamo “adicción a las telenovelas”, pues se trata de un melodramatismo pobrísimo, tomado principalmente de las telenovelas (y ahora también, lamentablemente, muchas de las impresas), las series televisivas y los flojísimos dramas Hollywoodenses. El grave problema con estas historias es que repiten siempre las mismas ideas, las mismas interpretaciones de la vida y los sucesos que acaecen en ella. El buen arte, el que honra la estética narrativa, en cambio, ofrece un sinfín de interpretaciones adicionales, alternativas, diferentes, de cada singular cosa que nos ocurre, lo que nos lleva de nuevo al ejercicio espiritual: somos más creativos al construir la narrativa de nuestras vidas, más resilientes, asumimos los reveses, los imprevistos y hasta las decepciones con mayor tranquilidad y reaccionamos a ellos con mayor efectividad (después de todo, no son más que giros de la trama, variaciones rítmicas en los versos, ¿cambios disonantes en la melodía o el compás?, elementos sorpresivos en la composición de la imagen o pinceladas desconocidas, accidentes de luz o enfoque al momento de tomar la fotografía…).

Así pues, entre más jugueteo en el diario, entre más se tome como un ejercicio narrativo, mejor… Un solo ejemplo infalible: ¿se imaginan que las relaciones sentimentales puedan acabarse por razones diferentes de que “eso fue que el man se consiguió otra”? Les aseguro que sus despechos serían más interesantes, mucho más edificantes y les permitirían la maravillosa creatividad de cometer errores nuevos en las relaciones posteriores… Más diario, menos telenovela.

Se me siguen ocurriendo corolarios (bueno, eso les da una idea de cómo funciona mi cabeza y de por qué vivo tan emocionado todo el tiempo): de vuelta una vez más al ejercicio espiritual, esto les permitirá ejercitar la perspectiva del espectador sobre sus propias vidas, en lugar de la del protagonista y, en el caso de los adictos a las telenovelas, de la peligrosa y detestable perspectiva de la víctima, enfoques que adoptamos con frecuencia al rumiar, porque queremos impresionar al interlocutor y nos aflora entonces esa tendencia tan latina a la hipérbole; también porque la cómoda posición de la víctima permite siempre culpar a otros de lo que nos resulta difícil afrontar, luego nos permite la también muy cómoda posición adolescente de no asumir nuestras responsabilidades. La perspectiva del espectador evita todo esto, no diré más sobre ella, pero es un pilar de cualquier espiritualidad seria.

Sobre este particular, no hay mejor recomendado que la conferencia This is Water, de William Foster Wallace, por la que estaré eternamente agradecido con mi amigo Güilsiton Ibañez.

Ama un cuerpo… que puedas ver pudriéndose

Qué hermoso cadáver eres.

Te insufla aún el aliento vital, acaso voluntad o fantasma o error de laboratorio demiúrgico…

¿Qué importa? ¿qué importa si es artífice de tu sonrisa, aflicción oculta tras perlas vulgares

y enmarcada por tus labios gruesos, cuya palidez adornas con cera color sangre seca?

¿Y qué importa aun todo ello salvo que ese tosco pastiche, esa pieza de mercado de pulgas

a la vez modesta y saturada que adereza tus blasfemias, tu hablar soez y tu sarcástico escepticismo

suscita en mí una desesperación que me hace olvidar que yo mismo soy también cadáver?

 

 

mi corazón gastado te amará hasta que te veas así” (le muestra la foto de una momia)

Película Love Actually

 

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Claro, ¿cómo no acordarse del buen Tim hablando de este tema? Como siempre, esta imagen tiene lincencia para reutilización no comercial… por si acaso.

Los monstruos (séptima entrega)

Tampoco volvió el sueño las noches siguientes. O fue la conciliación la que no volvió… Sea como fuere, Pedro dormía cuando mucho dos horas, en las que tampoco lograba la paz y el descanso que en vano procuraba las interminables horas vigiles, agotando todas las fórmulas y oraciones de su repertorio. Dios no daba señales de vida, como un amigo gravemente ofendido que desaparece de la faz de la tierra. La familia hacía tiempo que estaba preocupada, pero es que los adolescentes son tan erráticos… Atribuían su extraño comportamiento al impacto de los primeros meses universitarios y trataban de no importunarlo, pues el Pastor había dicho que debían “dejarlo volar”, que Dios estaría siempre a su lado. Lo que ni los unos ni el otro parecían haber previsto era que a Dios se le alborotaría el Antiguo Testamento. De hecho, Pedro sabía que esa no era una posibilidad: el Dios iracundo y vengativo era cosa de un remoto pasado; tras haber encarnado en la humanidad de Cristo y haberse sacrificado por la redención de los pecados de los hombres, Él había establecido una Nueva Alianza con ellos y, desde entonces, había sido un Dios de amor, perdón y benevolencia (habían surgido, sí, especulaciones de un supuesto abandono del mundo por parte suya, desde la época de las revoluciones científicas y los demoledores de las revoluciones liberales al catolicismo, pero esas eran sólo especulaciones blasfemas de filósofos esquizofrénicos como el tal Nietzsche o especuladores cibernéticos como los Wachowski, con su abusiva ridiculización de la venida del mesías). Esta indiferencia tenía en cambio las características típicas de una prueba de fe, como hiciere Dios, por ejemplo, ya en tiempos del Antiguo Testamento, con el dubitativo Job, y en época posterior con el propio Jesús, en esa ocasión en calidad de Padre celestial.

Recordó también, en esas largas noches insomnes, a Descartes, el filósofo francés, cuyas meditaciones había leído en el colegio: sabiéndose engañado y prácticamente imposibilitado para conocer los fenómenos del mundo, el pensador había razonado sabiamente que semejante farsa tan cruel no podía ser obra de Dios. Luego se había desviado extrañamente hacía la invención de un vago ser de mezquindad pura que parecía sacada de los paganismos satánicos, a quien había dado el nombre de “genio maligno”, lo cual a Pedro le sonaba como árabe, seguramente musulmán, como el enorme genio azul que la corporación Illuminati Disney glorificaba en Aladino, una de sus múltiples producciones de reclutamiento de niños para el ejército de los caídos al mando del abominable Lucifer. Era obvio que, viendo cuán cerca estaba Descartes de La verdad, el príncipe de las tinieblas había empleado una de sus argucias para extraviarlo. También él estaba detrás de las desgracias ocurridas a Job durante su prueba de fe y de las múltiples tentaciones que había tenido que afrontar Jesús en el desierto… Despertó por culpa de un estruendo ensordecedor, luego de las dos horas de sueño más plácidas en semanas… Era su computador, en el que sonaba una horrible canción satánica. Mientras recobró la plenamente la consciencia, se repuso del susto y alcanzó el aparato para ver qué demonios estaba pasando, alcanzó a oír la frase “God is in the TV”[1]. La tecnología tenía sus desventajas, no podía creer que la reproducción automática de youtube asociara su lista de canciones para las alabanzas con ese payaso diabólico que había convertido el himno Personal Jesus en una mediocre blasfemia…Entonces entendió el sarcástico mensaje que el Pobre imitador le estaba enviando a través de su pintarrajeada marioneta gringa: “yo estoy en tu computador”. ¡Estaba solo! Dios lo estaba poniendo a prueba… y Satanás se revelaba… con una explícita declaración de guerra…

Marylin Manson

 

[1] “Dios está en la televisión”, Rock is Dead, Marilyn Manson.

Los monstruos (sexta entrega)

Pasaban los meses y ni el alma de Pedro ni Dios se manifestaban a propósito de su elegida prostitución, de su pecaminosa actividad sexual sin bendición ni progenie, de su holocausto de potenciales hijos que tiraba a la basura, cual vil asesino en serie, en bolsa tras bolsa de látex. Sentía una inquietud minúscula, remota, cual tenue rumor o sospecha, pero cualquier distracción bastaba para acallarla. En cierta ocasión Victoria exigió que faltara al culto para que pasaran una mañana juntos. No fue exactamente una exigencia explícita; fue más bien una insinuación entre cariñosa, seductora y sutilmente imperativa, como saben hacer ciertas damas incapaces de usar sus encantos para lograr su cometido por respeto a la férrea consciencia de género. Con un desgano inusitado sobre el cual no pudo reparar en ese momento, Pedro alcanzó a sugerir una negativa, pero vio asomarse la ira del súcubo, amenazante y muy discreta, disfrazada de sonrisa, intento de apunte hilarante y puchero fallido. Decidió quedarse. Desde luego, “pasar la mañana juntos” significaba arruncharse en pijama, ver diez minutos de cualquier cosa en televisión y devorarse el resto de la mañana.

De niño, Pedro detestaba el brócoli y el mondongo. Le producían un asco nauseabundo. Siempre que su madre los preparaba, el hedor concentrado que infectaba la primera mañana lo despertaba prematuramente, y desde ese momento empezaba a planear cómo escabullirse de la casa para almorzar donde alguna de sus tías. Mas no siempre había podido escapar. Las situaciones sociales en las que rechazar comida era considerado la peor patanería, habían hecho que terminara por apreciar –a veces hasta el deleite– estos alimentos: primero había descubierto el brócoli hervido y apenas rociado con aceite de oliva; poco después el brócoli gratinado; y hacía menos de un año, habiendo volado como el lobo de los dibujos animados tras un delicioso olor a chicharrón, había aterrizado en un plato peruano de callo frito, igual o más suculento que la crujiente papada de marrano, lo cual había dado al traste con su repudio por el mondongo. Las primeras veces que había lamido las mejillas de Victoria, los primeros gustos de su sudor, los primeros roces de sus vellos en los labios, habían traído a las vísceras de Pedro el recuerdo de ese asco prehistórico, que no se localizaba en ninguna imagen ni instante particular, sino en una región sin geografía habitada solamente por el mareo y el malestar estomacal. Le había costado mucho contener el vómito con cada fluido, con cada nuevo olor, con cada cambio hormonal que exudaba vapores ignotos de aquel amasijo de carne gimiente. La mañana que faltó al culto, en cambio, su corazón y su estómago recordaron el brócoli gratinado y el callo frito peruano. La infancia feliz volvió en destellos, en recuerdos de bellas sensaciones placenteras, hasta que las truncó un orgasmo inobjetado, pleno, como los de las místicas medievales a su encuentro con Dios, como el éxtasis de Santa Teresa que una piedra capturó para la eternidad o las trasfiguraciones de las brujas poseídas por el macho cabrío. Pero esta vez, el orgasmo estrepitoso y frenético no fue de Victoria. La aparente solidez mental de Pedro y su tranquilidad se derrumbaron para jamás volver a estar en pie.

Hay una razón elemental por la cual los fanáticos religiosos huyen de la tentación, manifiesta –al menos bíblicamente– en la voluptuosidad, en los placeres de la carne, en las emociones de gran intensidad o en los excesos: temen secretamente que pueda gustarles; y, como suele ocurrir con lo desconocido, temen a lo que puedan encontrar allende el éxtasis. Tienen razón, pues su miedo es en muchos casos recuerdo de algún pecado involuntario, sepultado en las catacumbas de la memoria tras haber padecido la prolongada y atroz tortura de la culpa. Pedro se creía exento de esa amenaza, pues estaba convencido, más allá de toda duda, de su repulsión por el sexo… al menos el que implicaba contacto físico con un cuerpo desnudo. Jamás se le pasó por la cabeza que lo que le había ocurrido en la niñez con la comida, pudiese pasarle en la adultez con la carne… humana… femenina… jugosa y tibia… de aires intensos y pesados… y voces agudas chillonas que se retuercen excitadas y desesperadas cual si agonizaran… Pedro despertó en medio de un grito que lo sentó en la cama con la espalda totalmente erguida, como erguido estaba también su pene, que no obstante se ablandó y disminuyó rápidamente con el sudor gélido y profuso de la angustia. Eran las dos de la madrugada del miércoles. Inevitable admitir lo que estaba pasando: como un adicto, anhelaba esos fluidos pecaminosos de los que otrora lo había salvado el asco. Si antes había estado enamorado de Victoria, ahora encarnaba esa popular expresión de la gente cursi: estaba “loco por ella”. Pero eso no se sentía nada bien, con toda gravedad y seriedad, sin asomo de romanticismos de película ni dramatismos banales, temía estar perdiendo la razón. Esa noche no pudo volver a conciliar el sueño.

callo-y-brocoli