Tres comienzos

Hace tiempo anuncié que esta página sería más el testimonio de un proceso creativo que la ventana de textos terminados. Esto ha sido particularmente evidente con el cuento fallido Los monstruos, un claro ejemplo de todo lo que puede hacerse mal en la creación literaria. La publicación de Plop! Fictions y otros despojos trajo consigo sucesos afortunados, entre los cuales destaco una libreta completa de textos fallidos que corresponden prácticamente a la totalidad de 2016, a lo cual siguió un silencio de casi cuatro meses que permitieron identificar lo que había que mejorar con respecto al primer libro y encontrar el rumbo que debía seguir el segundo. En el mes de marzo de este 2017 inició un período fructífero de recuperación y concreción de viejas ideas, así como de concepción de algunas nuevas, como el relato breve Diplomatici, publicado hace poco, el poema Tardo en llegar a casa, que extrañamente fue terminado en apenas unas horas de una sola tarde, lo cual casi nunca pasa, y la segunda versión del desastroso ensayo ¿Mi identidad?, que infortunadamente y para mi vergüenza se coló en Plop!… En un gesto de originalidad sin parangones, la reelaboración, aún en proceso, se llama Mi identidad versión 2.0. Haciendo la salvedad de que un proyecto artístico sólo es realidad cuando llega a las manos del público, en este caso en forma de colección (nunca definitiva) de cuentos, poemas y ensayos terminados (ojalá en versión impresa y con el respaldo de alguna editorial independiente), y de que incluso grandes artistas como mi muy admirado Damon Albarn llegan a anunciar hasta cinco fechas tentativas para un disco antes de lanzarlo por fin, comento a manera de anécdota el objetivo que me he propuesto para estos tres cuentos, más otros 11 aproximadamente, los poemas escritos hasta el momento más los que surjan, y el mencionado ensayo: la publicación de mi segundo libro para dentro de aproximadamente un año, es decir, entre mayo y abril de 2018. Inicialmente, como consta en la solapa posterior de Plop!… quería llamarse ¡¡¡Juaaaaazzz!!! Nuevas Plop! Fictions. No obstante, mis lectores más fieles insisten en que disfrutaron el formato mixto de cuento, poesía y ensayo (que la crítica especializada llamó “posmoderno”, ratificando una vez más que yo no entiendo esa palabreja que tanto amaba hace diez años), de modo que el nuevo nombre, también extremadamente creativo, será ¡¡¡Juaaaaazzz!!! Nuevos despojos. Habiendo hecho esta introducción explicativa, dejo los párrafos iniciales de los tres cuentos, con los cuales me siento muy satisfecho. Como siempre, agradezco todos sus comentarios.

 

El fantasma de bajofaldas

Hoy en día las películas de drama asustan más que las de terror. De los géneros asociados a este último, sólo el suspenso mantiene cierto interés, debido a la estrategia tan sencilla como efectiva de prolongar un enigma. La espera es hoy mucho más aterradora que el fantasma. No quiere decir esto, sin embargo, que haya desaparecido lo invisible, ni mucho menos, como afirma el dogma cientificista, que jamás haya existido. Desistamos de hablar de las pintorescas fabulaciones que poblaron la infancia de la humanidad, matemos de una vez por todas a los dioses, cuya agonía hemos prolongado por capricho como gatos jugando con una cucaracha. Sucede más bien que el velo de fantasía que embellecía lo invisible fue rasgado por el rigor de la razón. Podemos volver ocasionalmente a la infancia y anestesiarnos en su ingenuidad; en la adultez nos aguardan horrores que ninguna fábula nos ha anticipado. Desprovisto de voluntad, cálculo y apetito, lo invisible escapa a nuestras súplicas. No es posible apelar la violencia queda y ciega del Tiempo ni la impasible puntualidad de la Muerte. De haber sabido esto, tal vez hubiésemos preferido a Cronos y a Hela, pero ya es tarde. Nadie puede protegernos ahora. Lo peor es que, rasgado y agujerado el velo de la fantasía, lo invisible habita un lugar incierto entre lo afuera y lo adentro, dejando siempre abierta la espeluznante posibilidad de que el horror sea parte de nosotros. ¿A quién pediremos ayuda? ¿Cómo exorcizar un demonio que quizás sea esencial para el funcionamiento del hígado? Ni espectros ni pesadillas ni ayudas sobrenaturales; los mejores dramas nos paralizan de horror porque en ellos los monstruos somos nosotros.

 

Happening

Diógenes fue bautizado por un primate andrajoso que no quiso cazarlo. Lo del bautismo fue mero formalismo y no faltó una oportuna disculpa, pero de algún modo había de hacerle saber cuando se dirigiera a él; lo de la cacería requirió una explicación más larga que de todos modos no entendió, pero más o menos tenía que ver con que “cazar” le llamaban algunos primates a cierto acuerdo malsano de cortejo preferencial y, para sentirse menos mal, le hacían un sutil cambio al dibujo del sonido, ocultando su  perverso significado. A Macanio, que así se llamaba el primate, le gustaba jugar con los sonidos, hacerlos danzar en el aire con prestidigitación vocal y experticia en la adecuada vibración de su garganta, pero después ofreció una explicación harto más sencilla: “no quiero ser tu  dueño, Diógenes, eso sería un irrespeto”. Diógenes giró la cabeza cuarenta y cinco grados, dirigió su mirada perpleja a Macanio, levantó las orejas y ladró un muy sincero “¿qué…?” La noción de propiedad le era ajena. Mediante esta fluida comunicación trabaron amistad los dos bichos de especies distintas pero afines en melancolía, apestosidad, deficiente alimentación y amor por los paseos callejeros contemplando el sórdido paisaje urbano.

 

La conspiración de los edulcorantes

Tumbada sin ropa en su cama doble king size de matrimonio, lejos, muy lejos de su piel, con sus labios extraviados y su estómago indigesto de amargo hastío, Maria José no logra explicarse la tristeza que hace meses la embistió cual fiera indomable y que aún la zarandea como a una marioneta ya despedazada, sin que por ello pareciera aburrirse de ella ni tener la menor intención de soltarla de sus fauces. La extraña paradoja de su desnudez paralizada le hace recordar la última vez que fueron a bailar. Es curioso que hasta ahora no hubiese reparado en ese incidente.

 

Tardo en llegar a casa

“debes permanecer ebrio de escritura para que la realidad no pueda destruirte”
Ray Bradbury

Si pudiésemos ser realmente conscientes de que lo inesperado
es la confección del milagro, nos regodearíamos en los imprevistos e infortunios

 

 

Tardo en llegar a casa,
me demoro, me extravío, me distraigo
¿Qué es “casa”?, preguntas
Yo en cambio preguntaría, quizás:
¿Dónde es casa?
No es un lugar en el tiempo
ni mucho menos una armazón de ladrillos
No sé qué es ni dónde se encuentra
La sabiduría de postal insiste en que es “adentro”
pero adentro sólo hay vísceras
como en reproche incesante
como el azul liminal del firmamento
en tus mañanas de resaca

No sé qué es ni dónde se encuentra
por eso me demoro, me extravío, me distraigo
con los árboles de andén, con los perros sucios
con los seres taciturnos, con las calles mojadas
con las lunas que perdieron a sus poetas
y nunca entendieron a sus astronautas,
por eso escribo esas distracciones

Me he demorado también con personas
y me tienta persistir en ese hábito necio
A veces creí llegar a casa en el clímax
de una conversación que sabía escuchar,
en el engaño de las caricias que confunden
y retrasan y hasta invierten el andar de los relojes,
en la terquedad de la esperanza
que, contra toda advertencia,
se empecina en llamar “eternidad”
a esos tropiezos del tiempo irrefutable
Luego, camino a mi  dormitorio,
me encuentro solo de nuevo
y me pregunto qué pasó y por qué otra vez me distraje
y cómo es que se esfumó del camino mi hogar
y me inquieta pensar que una alternancia de vísceras
bullendo en sus respectivas tempestades
puedan producir tal sensación, mentirosa y cruel

La ebullición me hace pensar en el fuego de caverna
que en tiempos remotos originó el vocablo “hogar”,
pero en cambio se me antoja que “casa” es una
suerte de estanque, una tiniebla gélida, silenciosa,
inmaculada y apacible,
una especie de líquido amniótico,
mas no prenatal sino post-mórtem,
en el que pueda hallar al fin reposo
y la ebullición de mis vísceras no me obligue más
a extraviarme, a distraerme, a perderme
en flores ni en gentes ni en frías rocas desoladas
que no son ya más musas de nadie

Por eso escribo, por eso me obsesiona
este onanismo de la belleza que es sólo mío
y que opera en ocasiones el extraño, paradójico
prodigio de atraerme instantes y lugares y gentes
que me transportan momentáneamente a casa
como hostales confortables donde encuentro
algo de calma mientras vuelvo al papel
o logro prescindir de las vísceras
y sumergirme por fin pero sin prisa,
sin ser prematuro, sin incurrir en la impúdica
vulgaridad del drama empalagoso,
en el lugar nocturno que me prometen los ojos cerrados
hasta que empiezan las vísceras a soñar sus melodramas baratos
o las obliga el sol a ponerse en pie para buscar maderos
que prolonguen su fuego.

Diplomatici

A Melissa Baena

 

Dos mil personas sentadas en un auditorio, todas ellas frente a monitores en los que está proyectado el mismo mensaje. En la tarima hay cuatro panelistas, que emiten sonidos inaudibles o incomprensibles; es un enigma si entre ellos existe comunicación. Algunos de los espectadores se preguntan para sus adentros si acaso estarán conversando y, de ser así, si será posible descifrar el significado de sus palabras.

Se trata de un experimento social: el espectáculo de los cuatro panelistas pretende desmentir el mensaje que se proyecta en los monitores. Este reza: “estás solo”. La hipótesis, que al final se comprueba, es que ninguno de los dos mil espectadores adivinará lo que está pasando.

Diario de Iocularis Abnomen, marzo 18 de 2017

A Melissa Baena

El entendimiento llegó en Nueva York, en la sala de la Asamblea General de la ONU. Llevaba dos meses de un bloqueo literario que en otras épocas me hubiese enloquecido de la desesperación. En cambio, había decidido dejarlo ser y observarlo si acaso con indiferencia, sin interés, como de reojo, ante la agobiante cantidad de responsabilidades laborales y la irrefutable evidencia de que, entre mis estudiantes, mis demás afectos y la escéptica, tenía (y sigo teniendo) días hermosos aunque no escribiera.

Había llegado a la conclusión de que mi primer libro es una basura, conclusión que hoy comparto parcialmente con mi yo de hace dos semanas. La razón de tan severa afirmación se expresa en dos ramas muy sencillas: la primera, lo escribí yo; la segunda y más importante, está lleno de mi viejo resentimiento y de los juicios que intento purgar de mí desde hace unos años, siendo consciente de ellos por primera vez quizás cuando Clarisse me llamó “máquina de etiquetas”.

Ahora me parece que no todo en ese libro merece calificativos tan severos, hay en él destellos de literatura decente y también de algunos de los mejores rasgos de mi humanidad; hay en él atisbos de compasión genuina, hay en él mucho del humor que opera la alquimia desde la muerte hasta la melancolía, hay en el mucho amor limpio, sin mayor ambición que la de compartir la vida con otros y aspirar juntos a una belleza que sólo es posible en plural.

El juego de adivinar qué operó el entendimiento justo acá, justo ahora, carece de interés y de importancia, es sólo eso: un juego, un divertimento poético y especulativo (bien dice mi querido Cronopio que soy un charlatán titulado); es también la falacia cientificista de que una sucesión lineal (o multidimensional) de situaciones con aparente conexión lógica, operan el advenimiento de una situación aparentemente posterior. Mucho hubo de tiempo (estamos jugando ya a la ciencia, a la lógica y a la causalidad, querido Macedonio), en su doble faz de espera y paciencia; mucho hubo también de angustia ante la ausencia de silencio; se sumaron casi tres días de nevadas calles neoyorquinas, luces de neón que hacían el día en la noche (now  I get your Sound of Silence verse, beloved Paul Simon) e infinidad de almacenes, en compañía de un grupo de hermosos niños que hasta en su vicio consumista son absolutamente inocentes en todos los sentidos de la palabra; todo lo que son, lo son por imitación de un trasfondo que desconocen; ha sido entonces una sobredosis de honestidad que jamás es bien ponderada. Me preocupa el bienestar psicológico de quienes no tienen niños cerca. Hubo también la inauguración de un evento académico internacional intercolegial en la sala de la Asamblea General de la flamante Organización de las Naciones Unidas. Si eso no motiva la reflexión, es probable que uno esté muerto. Más aún si uno tiene la fortuna de que una niña inteligentísima, que parece una ardilla intoxicada de Red Bull, empiece a hacerle preguntas profundas, que evidencian una preocupación muy sincera, sobre la situación que están presenciando y sobre política y sobre convicciones existenciales y sobre el papel que uno tiene como ciudadano, etc., etc., etc. Entonces fue fácil. Ah, ya recordé por qué es que necesito escribir. Y surge entonces ese texto entre Kafka, Monterroso, Macedonio y Borges que bauticé Diplomatici. Resulta que el evento lo organiza una ONG italiana y, aunque es en Nueva York, en las instalaciones de las Naciones Unidas, hasta el papel de baño es italiano… Lo cual es conveniente, porque me hace pensar más todavía en la escéptica, lo cual quiere decir que ando de buen ánimo y sonrío mucho.

La escritura del texto me hace recordar que  compré alrededor de diez libros maravillosos en el primer día de shopping. Fue mi forma de cobrarle a mis estudiantes que ellos decidieran todo lo que se haría en nuestro viaje a Nueva York: denme dos horas en una buena librería; el resto de la semana es suya. La lista incluye a algunos grandes del absurdo, como Thomas Ligotti, Alan Moore y David Foster Wallace. Recordé entonces que parte de mi repudio de mi obra se debe a que no se parece a la de ninguno de ellos… y entonces vuelve uno al viejo vicio de asumir que eso la hace mala, es decir, de baja calidad literaria. Y seguramente lo es, no crean que no lo sé, pero se debe a la inexperiencia, no a que no se parezca a mis ídolos. De hecho, eso es una de sus virtudes tempranas, que de algún modo ya suene como yo, que de algún modo ya asome en ella mi voz de escritor.

El entendimiento fue ―como sucede cuando advertimos la irrealidad del tiempo, su carácter ficticio― uno al que he llegado antes, en varios momentos de mi vida, pero que luego olvido o al que logro verle una dimensión, una manera de observarlo, una capa, un modo de ser, antes desconocido y/o inadvertido: que la obra de un artista no se hace en un día. Más aún, que la creación artística refleja justamente la alquimia personal, y en consecuencia no sólo es admisible sino deseable que la obra temprana refleje los aspectos más densos, más sombríos, de su personalidad, de su “alma”, si se me permite ser más esotérico/supersticioso. Me reconcilio entonces con Plop! Fictions y otros despojos y logro escribir ese pequeño texto al que he aludido antes, con el cual me siento cómodo y feliz en este momento, feliz como sólo puede sentirse uno con las letras, que son para mí la felicidad en estado puro. Se trata de un texto que en su brevedad y en su carácter metafórico y en su horror burocrático se parece a mis ídolos, pero refleja también algunas de mis preocupaciones más hondas, que emergen de mis entrañas como bullendo al percatarse de que afligen a muchos otros artistas, porque son penosamente notorias en la actual condición humana del mundo visible, es decir, en lo que parece ser  la condición humana paradigmática fácilmente observable (sabiendo que esto excluye el lado oscuro de la tierra, de la luna, de los demás planetas y por supuesto de la humanidad, para felicidad y regocijo en la esperanza de quienes peleamos a la contra, no por “cambiar el mundo”, que es también paradigma, sino para proporcionarle el balance que le permita acaso mirarse a sí mismo y seguir cambiando según su eco/psico/socio-sistema así lo exija).

De animalismos, religiones y otros activismos intrascendentes

El juicio acusa, el cuestionamiento simplemente sugiere, insinúa. Aquí va un nuevo intento. De la consciencia social de moda en nuestra época siempre me ha preocupado su comodidad de clase media, sofá, pizza y televisor. Es decir, no va hasta las últimas consecuencias, no le exige a la persona que la enarbola incomodarse, no le exige hacer cambios significativos en su propia vida, en sus hábitos cotidianos. Eso justamente me lleva a pensar que es una moda, nada más. Siento también que es un placebo, pues le permite a las personas de clase media sentir que hacen algo por la sociedad, les da una ilusión de agencia política, de ciudadanía activa y responsable. La principal razón por la que creo no deben ser juzgados es porque, personalmente, no creo que todas las personas estén en capacidad de ser ciudadanos responsables; no creo que todos estén en capacidad de pensar por su cuenta ni creo que todos puedan ser “críticos”. Eso no los hace malas personas, pero desmiente 200 años de seudociencia humana.

Con las ideas sí me despacho sin miramientos. Hemos asumido desde hace 2 o 3 siglos que todas las personas son racionales, que aprendiendo a repetir las palabras escritas en un papel (el ejercicio mecánico de leer) adquieren la capacidad de pensar críticamente (pensar por sí mismos en sentido fuerte, diría Kant, sopesar un rango de ideas sobre un particular y elegir racionalmente la más adecuada, sin sucumbir a influencias o presiones externas), y que en ello residen su agencia y responsabilidad políticas. Este me parece el supuesto más ingenuo de la historia moderna. En ese sentido Kantiano (que puede ser una interpretación filosófica errada, pero sí es la noción de racionalidad que impera en la cultura popular moderna), muy pocas personas piensan. Haciendo una analogía grosera, es como si a un monje budista se le hubiese ocurrido imaginar que, por el sólo hecho de propiciar la lectura masiva del Bardo Thodol, se produciría un despertar de consciencia masivo, y de repente todos serían iluminados. No: no todos piensan, no todos están obligados a hacerlo. Muy pocas personas piensan, muchísimas menos ejercen un auténtico pensamiento crítico. Hasta en las academias de mayor prestigio se ven fanáticos, la antítesis del pensamiento crítico. La razón es sencilla: el pensamiento crítico exige poner en juego nuestras creencias, necesidades e intereses más íntimos, es decir, es también, de suyo, un dificilísimo ejercicio espiritual que, hecho a cabalidad, produce tremendas crisis internas y desajustes emocionales. Por lo tanto, bien hacen muchos en evitarlo. Me atrevería a sugerir que hay una razón biológica de supervivencia detrás de ello. Piénsese no más en el estereotipo popular de que el filósofo es complicado e infeliz, además de incapaz de las más elementales tareas cotidianas o de establecer vínculos sociales saludables. Repito: no es malo ni bueno, pero la gente común le teme a pensar. Simplemente es natural.

Dos párrafos introductorios sólo para sentirme moralmente autorizado a utilizar esta belleza de artículo para opinar sobre la consciencia social de moda en nuestra cultura moderna. No juzgo a los “conscientes sociales”, pero sí cuestiono su proceder, basado en la falsa premisa (que yo no creo, pero ustedes sí) de que como gente de clase media que recibió una educación de calidad, se les puede exigir seriedad y consecuencia en sus causas o cuando menos ridiculizarlas, como mera pausa activa en el ejercicio de hacer algo útil para la vida, o como gimnasia mental y literaria. La delicia del artículo (o mejor, del experimento sobre el que trata) radica en la capacidad de meter tantas causas de activismo de clase media en el mismo saco. La idea central es tan sencilla como deliciosamente aterradora: implantar células humanas en embriones de cerdo, con la esperanza de producir órganos para trasplante y quitarse de encima la difícil necesidad de donantes humanos.

Anti-aborto: ¿No les parece un crimen contra Dios jugar con embriones de cerdo?

Animalistas: ¿No les parece un crimen manipular genéticamente un pobre bebé cerdito que no puede defenderse?

Cristianos fundamentalistas de cualquier denominación: ¿No les parece un crimen toda la genética, los humanos jugando a ser Dios?

Ambientalistas: ¿No les parece un despropósito que el virus llamado humanidad siga queriendo propagarse indiscriminadamente por el planeta (ya superpoblado de humanos), y que en aras de ese propósito llegue cada vez más lejos en su aberrante afán de prolongar indefinidamente la vida humana?

A todas las personas: ¿No sería mejor admitir el carácter natural de la muerte humana?

Otra para animalistas: ¿Por qué seguimos insistiendo que la vida humana es tan superior a la animal que podemos someter a otras especies a cuanta manipulación nos venga en gana? ¿O sólo tienen derechos perros, gatos y toros?

Científicos y médicos: Todas las anteriores.

A todos los activistas: ¿Qué van a hacer respecto de esta noticia: un plantón, una marcha, 40 días con sus noches de oración frente a Oriéntame por los fetos de los cerditos?

¿O, para honrar a Kant y callarme la boca, van a entender que asumir con seriedad sus causas los llevaría a cambiar sus vidas drásticamente, corriendo el riesgo de perder muchas de las cosas o personas que más quieren, en esa confortable vida de clase media con sofá, pizza y televisor?

http://news.nationalgeographic.com/2017/01/human-pig-hybrid-embryo-chimera-organs-health-science/?utm_source=Facebook&utm_medium=Social&utm_content=link_fb20170128news-humanpighybrid2&utm_campaign=Content&sf53144651=1

 

George Harrison, Piggies, Royal Albert Hall, London, 1992.

La última frontera de Henry Miller

(debo este título, si mal no recuerdo, al bullying de mis compañeros de universidad Emilkar Torres y Tomás Ortiz, quienes se burlaban de mi gorro de arco iris  y mi obsesión de aquel entonces con Henry Miller, y preguntaban, al verme con el gorro: ¿ya trascendiste la última frontera de Henry Miller?)… Bueno, aunque todavía (uno nunca sabe…) no soy homosexual, creo que en otro sentido sí estoy en una activa búsqueda de esa trasendencia afectiva que él tanto buscaba. Aunque he mejorado mi gusto en el vestir…. Ahí tienen, perros. Se les quiere)

Para no desentonar, epígrafe de Henry Miller, subrayado por el monstruo más bello que conozco, en mi copia de El mundo del sexo (traducción libre hecha por mí)… y dedicado, por supuesto, a ella.

“Aún si él está destinado a no verla más, es libre de pensar en ella, hablarle en sueños, amarla, amarla desde la distancia, amarla por siempre y por siempre. Nadie le puede negar eso. Nadie”.

Epígrafe 2: Letra original de Juan Carlos (el nigga’, guácala, qué seba) Urrea, próximo a publicar dos trabajos musicales excelsos, uno como solista, otro con su banda Río Abajo:

“el pollo miserias
es enamoradizo
escribe poemas
su inspiración es infinita” (cántese con la melodía de Muchacha Triste, de los Fantasmas del Caribe)

el negro infeliz me la cantaba en la época en que trabamos amistad, y en la que me “enamoraba” perdidamente de cualquier mujer que cruzaba mi camino… casi. Algo de contexto… o sea, una especie de pre-texto. Ya con el morbo alborotado, de pronto les da más ganas de leer.

Diario de Iocularis Abnomen, 9 de enero de 2017

Es tristemente bello tener que pensarse tan en serio los amores de lejos en esta época globalizada, esquizofrénica, inmediata e inmediatista que vivimos. No son muy diferentes del ejercicio que hacemos al contemplar obras de arte. Ray Bradbury lo pone en términos de buscar almas gemelas, y no pocas veces las hallamos: Todos los que amamos el arte tenemos nuestros artistas favoritos. Y también muchos de nosotros pensamos “esa persona hubiese sido el amor (uno de los amores…) de mi vida… si no hubiese muerto dos siglos antes de mi nacimiento”. Queda, eso sí, el melancólico sinsabor de no haber podido nunca tomar un café con esa persona, caminar, conversar, mirarse a los ojos, acariciarse… Mismo sinsabor que produce la “inevitabilitud”, en palabras del sabio Cronopio —quien pronto me someterá a idéntica tortura de cariño distante—, de amar a alguien a distancia. Simplemente porque la renuncia no merece la pena. Pero además pone el cariño sentimental/de pareja en una perspectiva muy diferente que nos obliga (y por ello claudican muchos) a replantearlo: no hay posesión (sobre todo física), no hay control, no hay exclusividad del cariño. Pero sí puede haber compartir, epístolas, afecto, conversaciones, las cuales constituyen quizá la esencia perdurable del querer.

Por otro lado, si lo miramos desde una perspectiva histórica, tal vez lleguemos a conclusiones tan sorprendentes como esperanzadoras. ¿Cuántos afectos genuinos llegaba a cosechar, a lo largo de su vida, una persona del siglo 14? ¿Cuántos una persona del siglo 5 a.c.? Téngase en cuenta que la mayoría de los habitantes de la Grecia clásica, por ejemplo, no salían más que unas cuantas veces de su propia polis, por eso su territorialidad y organización política eran tan diferentes de las nuestras (valga decir que los nacionalismos, hoy, son una payasada). Un tipo, como algunos filósofos, que hacía tres viajes en su vida, era considerado un gran viajero. Piénsese no más en la dificultad que entrañaban los viajes y el tiempo que tardaban. Hoy, en cambio… En segunda instancia, siguiendo con la mirada histórica, valga recordar que el amor romántico como lo conocemos es bastante reciente… lo peor es que ya caducó, es obsoleto, cruel y miserable, pero ese será tema de otras entradas y cuentos y poemas… En todo caso, como bien lo sabe el distinguido profesor Sheldon Cooper (no me tomen a mal, sus fuentes son reales, pero hagan la tarea o búsquense a un académico… serio),  la constante histórica, desde una perspectiva amplia, ha sido el amor por conveniencia social. Lo de conveniencia social quizás no nos haga mucha gracia, pero la conveniencia solita sí valdría la pena revisarla, porque es uno de los fundamentos prácticos (en oposición a imaginarios, como las cosas en común) de un cariño: nos frecuentamos porque nos hacemos bien, así de simple; también, por ejemplo, porque tenemos proyectos en común, lo cual es mucho más concreto y tangible que un gusto… algunos gustos perduran, la mayoría cambian, luego son pilares de arena para un afecto que quiera perdurar… si es que deben hacerlo (tema de otros textos: la fantasía de eternidad en el cariño o el atajo al amor miserable… a veces pasa, vale la pena intentarlo una y  mil veces, pero todos los afectos, aún los perdurables, terminarán… si no con la distancia o el cambio de las personas, que puede llevar el cariño a morir, sí, al final, con la muerte física… es una ley natural establecida por… el budismo: todo es transitorio). Bueno, esta fue una rama tipo Big Fish, de vuelta al tronco: el amor romántico es nuevo históricamente, y así como es aberrante en casi todas sus características actuales, tiene una muy bella que vale la pena conservar: la posibilidad, más allá de la mera conveniencia, de buscar “almas gemelas”, “like-minded people” (aquí debemos caer en la peligrosa necesidad de concederle un punto al romanticismo, pero no debe ser costumbre porque lleva a las telenovelas y, de nuevo, a la miseria), incurrir en esa arbitrariedad existencial, en esa trampa contra-natura que es, de verdad, encontrar personas tan afines, que queramos seguir haciendo trampa y demos la vida por conservarlas… toda la vida. ¿Se ve la hermosa tautología? En realidad, es un triunfo retórico-etimológico: para conservar de por vida… hay que entregar la vida… y a veces, maldita sea, esperar media vida… o toda la vida (El secreto de sus ojos).

Viajando a Cali conocí a una mujer bellísima, en estricto y muy respetuoso lenguaje coloquial colombiano, con toda la intención de ser piropo bonito (por si lo lees), una mamasota, pero además inteligentísima, y a juzgar por lo poco que hasta ahora conozco, una mujer muy generosa y llena de vitalidad, de nombre Wanda, como la madrina mágica. Su edad fue un enigma fascinante buena parte del viaje, pues tiene un cuerpo precioso, pero luego de que tuvo la crueldad de someter a un politólogo a resolver una ecuación (sí, miserables Olivos y Vale Méndez, aunque no lo crean, lo logré), descubrí que tiene ¡¡¡50 años!!! Y se casó… ¡¡¡hace 6!!!, ¡¡¡a sus 44 años!!!, con un man…. ¡¡¡de 31… 13 años menor!!! (Eso me hizo sentir menos mal por ciertas torpezas recurrentes en mi loca juventud… a quién engaño, de toda mi vida… sé que el negro Urrea se reirá si lee esto). Wanda renovó mi esperanza de conocer gente maravillosa en viajes por carretera, cosa que venía suplicándole a los dioses como desde los quince años… (¡en tu cara Italo Calvino…! Los amores difíciles) y de tener relaciones de pareja significativas. Para no meterla en líos, ella es una mujer súper correcta (en términos convencionales de fidelidad) y me trató, hay que decirlo, como al hijo bobo que me siento a su lado; más que una conversación, fue una cátedra sobre práctica docente, actividad física, entrega desinteresada, y cariño genuino. La traigo a colación porque supo esperar y transgredir un montón de barreras culturales, sociales, históricas… para encontrar la persona adecuada, un hombre que, para merecerla, debe de ser un maldito genio, además, claro está, de uno de los hombres más felices de Colombia.

Ni modo… hay que esperar, Murphy infeliz, cuando muera arreglamos… Lo considero un triunfo político del mundo moderno: la libertad de querer a consciencia, no por obligación. Ahí falta todo por hacer, normalmente nos enamoramos en desorden, o nos inventamos una fantasía para poder enamorarnos (tema de otros textos), pero sí nos permite, volviendo al inicio del texto, cultivar una cantidad importante de cariños genuinos (y con suerte al menos uno perdurable, aunque no necesariamente una pareja sentimental, de hecho, es mucho más fácil con los amigos, por eso vale la pena esforzarse el triple con las parejas, ser testarudo, descarada y estúpidamente optimista). En realidad, le debemos este triunfo más a la época que al amor romántico: ¿cuántos viajes hacemos ahora en el transcurso de nuestras vidas? ¿cuántas personas conocemos? ¿en cuántos lugares diferentes tenemos la posibilidad de residir? Y con todas esas personas, si es nuestra voluntad, podemos mantener un afecto distante, mientras no haya de otra. Además, esos abrazos o besos o caricias (o las tres cosas) de la persona que se ha extrañado por años, son una oportunidad de oro para la liberación de consciencia, y si no, al menos son los momentos más felices de nuestras vidas.

Pero como dije antes, esto obliga a reinventar el amor, tarea imperiosa para todos los artistas de nuestra época…. también para los académicos, cualquier aporte es cariño, sólo no empantanen ni hagan más confuso el asunto, como dice el sabio místico, querido amigo y mentor espiritual George Recamann, KISS (Keep it simple and short – manténganlo simple y breve). Mientras tanto, seguirán empobreciendo sus vidas con sabiduría de chorizo como: “amor de lejos, amor de los 20”. ¿Y? ¿Qué “#$%& importa eso? ¿Puede alguien darse por completo a 20 personas, hacerle bien a 20 personas? Si existe, ese prostituto o prostituta es un genio, el ser humano más generoso que jamás haya existido, con una capacidad física sobrehumana, una organización del tiempo que envidiarían los japoneses, una voluptuosidad que haría avergonzar al buda Zorba y, por consiguiente, hace rato liberado de las cadenas de la miseria…

Para terminar, quería hacer la reflexión de que nuestra convulsa época es considerada por los adherentes al lema romántico de que el pasado fue siempre mejor, como una época horrible, bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla, lo cual no deja de entrañar cierta verdad. Los niveles de demencia de nuestra época y de capacidad de acceso a esa demencia, ya sea como protagonistas, observadores o ambas cosas, son históricamente inusitados, y francamente dan miedo. Es el precio de la libertad política y vale la pena pagarlo… Para el artista es el paraíso terrenal y, para el que camina un sendero espiritual, una excelente oportunidad de ejercitar diariamente la muerte: sólo hay que abrirse a sentir tan intensamente como sea posible, de modo que es fácil hasta para el artista /iniciado perezoso; muy difícil, eso sí, para el débil de voluntad o de carácter. Sea como fuere, es curioso que una época como esta, donde las aberraciones a la orden del día provocarían nauseas a Calígula y el manoseo a la vida y a la muerte sonrojarían a los científicos Nazis, sea la mejor oportunidad para amar. Nos movemos más fácil y más rápido, conocemos más gente que en cualquier otra época, nos comunicamos con una facilidad sin parangón histórico… y, si hacemos caso a los anheladores del pasado, estamos más fucked up que nunca (perdóneseme el gesto de hipsteridad, pero no hay palabra en español con igual poder de significación… quizá emocionalmente destruidos sea una aceptable traducción literal, claro está, de nulo valor poético)… en realidad, creo que siempre hemos estado igual de jodidos, lo que pasa es que la libertad y la anulación de la vida privada hacen que el estado de putrefacción de todos se ventile sin pudor alguno. Esto, a su vez, hace que el nivel de vulnerabilidad que caracteriza a los bichitos patéticos y  tristes que somos se evidencie plenamente, haciendo aún más valiosa la oportunidad de amar como nunca antes en la historia hemos amado, de reinventar el amor con preceptos claramente budistas. Adorada escéptica, ¿en qué otra época hubiese podido yo conocer a un monstruo tan bello como tú?

Agradezco a mis queridos ex-estudiantes y ahora amigos, Silvana Caipa y Federico Gaviria, sin cuya sabiduría sobre el particular no hubiese podido llegar a estas reflexiones.

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